Entrar a un salón con treinta compañeros, caminar por pasillos llenos de estudiantes, participar en trabajos grupales y pasar buena parte del día rodeado de personas parecería incompatible con sentirse solo.
Sin embargo, la universidad puede convertirse en uno de esos lugares extraños donde alguien tiene cientos de personas alrededor y, aun así, siente que no tiene a quién llamar cuando necesita hablar.
La soledad universitaria no siempre se nota. Quien la experimenta puede asistir normalmente a clases, conversar con compañeros, participar en grupos de WhatsApp e incluso publicar fotografías sonriendo.
El problema aparece cuando esas relaciones se quedan en la superficie.
Hay personas para preguntar qué dejó el profesor, organizar una exposición o compartir apuntes, pero ninguna con quien hablar de aquello que realmente preocupa.
Para muchos jóvenes, además, la universidad significa comenzar nuevamente.
Algunos dejan su ciudad, su familia y los amigos que tuvieron durante años.
Otros permanecen en el mismo lugar, pero descubren que sus antiguos compañeros tomaron caminos diferentes. De repente deben construir nuevas relaciones en un ambiente donde aparentemente los demás ya encontraron su grupo.
Esa percepción puede intensificarse por las redes sociales.
Basta mirar algunas historias para encontrar compañeros celebrando cumpleaños, saliendo de viaje, almorzando juntos o formando grupos que parecen inseparables.
Quien todavía no ha encontrado ese círculo puede preguntarse qué está haciendo mal, aunque las redes muestren apenas una pequeña parte de la realidad.
También existen estudiantes que tienen dificultades para iniciar conversaciones.
Llegan, reciben la clase y se marchan.
Esperan que alguien se acerque, mientras probablemente otro compañero está esperando exactamente lo mismo.
Después de varias semanas, los grupos comienzan a consolidarse y acercarse parece cada vez más difícil.
Pero construir amistades profundas requiere tiempo.
No todas las personas encuentran a sus mejores amigos durante la primera semana de universidad ni tienen que pertenecer a un grupo numeroso.
Muchas relaciones importantes comienzan con situaciones aparentemente insignificantes: sentarse varias veces junto a la misma persona, estudiar juntos para un parcial, compartir un almuerzo o simplemente preguntar “¿cómo estás?” y detenerse realmente a escuchar la respuesta.
También conviene diferenciar estar solo de sentirse solo.
Algunas personas disfrutan almorzar, estudiar o caminar sin compañía y eso no representa necesariamente un problema.
La señal importante aparece cuando la soledad deja de ser elegida y comienza a generar tristeza, aislamiento o la sensación permanente de no pertenecer.
En esos casos, pequeñas decisiones pueden ayudar.
Permanecer unos minutos después de clase en lugar de salir inmediatamente, participar en actividades deportivas, culturales o académicas, aceptar alguna invitación aunque inicialmente produzca incomodidad o proponer un café después de estudiar pueden ampliar las posibilidades de conectar con otros.
La responsabilidad colectiva
A veces basta mirar alrededor del salón para descubrir a ese compañero que siempre está solo, que nunca encuentra grupo rápidamente o que dejó de asistir con frecuencia.
Incluirlo en una conversación o invitarlo a sentarse puede parecer un gesto mínimo para quien lo hace, pero puede significar mucho para quien lleva semanas sintiéndose invisible.
La universidad enseña teorías, procedimientos y conocimientos necesarios para ejercer una profesión, pero también puede enseñar algo que ningún pénsum garantiza: aprender a construir vínculos.
Quizás una de las grandes lecciones de esos años sea comprender que pertenecer no significa necesariamente tener veinte amigos.
A veces basta encontrar una o dos personas delante de quienes podamos dejar de aparentar que todo está bien.
Porque uno de los momentos más importantes de la vida universitaria puede ocurrir fuera del salón: aquel día en que dejamos de sentir que simplemente asistimos a una universidad y comenzamos a sentir que, finalmente, también tenemos un lugar dentro de ella.
Foto: IA





