Hay decisiones que parecen propias, pero cuando las miramos con detenimiento descubrimos que llevan muchas voces detrás.
La carrera que nuestros padres consideran conveniente, el trabajo que socialmente representa éxito, la necesidad de obtener buenas notas, la obligación de graduarnos rápido, el deseo de demostrar que somos capaces o incluso esa vida perfecta que observamos todos los días en las redes sociales.
Crecemos rodeados de expectativas y, casi sin darnos cuenta, podemos terminar construyendo una existencia diseñada para satisfacerlas.
La universidad suele ser uno de los escenarios donde esta contradicción comienza a hacerse evidente.
Durante los primeros años quizá la preocupación principal sea aprobar materias, adaptarse al ritmo académico y avanzar hacia el título.
Pero mientras pasan los semestres aparecen preguntas mucho más profundas: ¿realmente quiero dedicarme a esto?, ¿estoy persiguiendo mis propios sueños o los de alguien más?, ¿qué significa para mí tener éxito?
No son preguntas fáciles porque reconocer lo que verdaderamente queremos también puede significar decepcionar expectativas ajenas.
Desde pequeños aprendemos a buscar aprobación.
Una buena calificación produce felicitaciones; cumplir determinadas metas genera reconocimiento y escoger ciertas profesiones puede despertar orgullo familiar.
Nada de eso es necesariamente negativo. El problema comienza cuando necesitamos permanentemente esa aprobación para sentir que nuestras decisiones tienen valor.
Entonces podemos terminar viviendo pendientes de una especie de jurado invisible.
Elegimos pensando qué dirán nuestros padres, nuestros amigos, nuestros compañeros o quienes nos observan en redes sociales.
Incluso podemos alcanzar aquello que durante años perseguimos y descubrir que no produce la satisfacción que imaginábamos.
Es allí donde aparece una pregunta incómoda pero necesaria: ¿qué elegiría si nadie estuviera mirando?
Tal vez estudiaríamos otra cosa. Quizá aceptaríamos un trabajo que paga menos pero nos interesa más.
Podríamos decidir viajar, emprender, cambiar de ciudad, terminar una relación o simplemente abandonar una idea de éxito que nunca sentimos verdaderamente nuestra.
Construir una identidad propia no significa ignorar los consejos ni rechazar todo aquello que nuestra familia espera de nosotros.
Significa aprender a escuchar esas voces sin permitir que sustituyan la nuestra.
Podemos agradecer una recomendación y aun así tomar otra decisión.
Podemos querer profundamente a nuestros padres y escoger un camino diferente al que imaginaron para nosotros.
También debemos revisar las expectativas que nosotros mismos hemos construido.
A veces ya no necesitamos que alguien nos presione porque hemos aprendido a hacerlo solos.
Nos exigimos graduarnos antes de cierta edad, conseguir empleo inmediatamente, ganar determinada cantidad de dinero o tener la vida resuelta mientras observamos cómo otros aparentemente avanzan más rápido.
Pero la vida rara vez ocurre siguiendo ese calendario perfecto.
Una persona puede cambiar de profesión a los 30, descubrir una vocación inesperada a los 40 o comprender después de muchos años que aquello que consideraba éxito ya no representa lo que desea.
Cambiar de opinión no siempre significa haberse equivocado. También puede significar haber cambiado.
Por eso la universidad debería servir no solamente para preguntarnos qué queremos hacer profesionalmente, sino para descubrir qué clase de persona queremos llegar a ser.
Qué valores queremos conservar, qué relaciones deseamos construir, qué cosas estamos dispuestos a sacrificar y cuáles definitivamente no.
Quizá crecer consista precisamente en eso: dejar de buscar una respuesta capaz de satisfacer a todo el mundo y comenzar a construir una que podamos reconocer como nuestra.
Porque llegará un momento en que los profesores dejarán de poner notas, nuestros padres no podrán decidir por nosotros y la comparación con los demás perderá sentido.
Entonces quedará una responsabilidad mucho más grande: mirar la vida que hemos construido y preguntarnos si, detrás de todas las expectativas que intentamos cumplir, todavía podemos reconocernos en ella.
Foto: IA





