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“Solo voy a cerrar los ojos cinco minutos”: las mentiras que todo universitario se dice antes de un examen

“Solo voy a cerrar los ojos cinco minutos”: las mentiras que todo universitario se dice antes de un examen

Todo comienza con un plan aparentemente perfecto.

El examen es el viernes, hoy es martes y todavía hay tiempo suficiente para estudiar con calma.

El estudiante calcula que puede dedicar un par de horas cada día, repasar el jueves y llegar descansado a la evaluación.

Sin embargo, el martes aparece algo más urgente, el miércoles parece todavía demasiado temprano para preocuparse y el jueves, cuando finalmente abre los apuntes, descubre que aquella materia que parecía manejable tiene 80 páginas, cuatro presentaciones y conceptos que no recuerda haber escuchado jamás.

Entonces empiezan las pequeñas mentiras que prácticamente todo universitario se ha dicho alguna vez.

No son grandes engaños ni intentos deliberados de sabotear el semestre, sino negociaciones internas que permiten aplazar durante unos minutos aquello que sabemos que deberíamos estar haciendo.

El problema es que cinco minutos se convierten fácilmente en media hora y una noche que parecía interminable termina siendo mucho más corta de lo previsto.

“Empiezo a las 7:00 en punto”

Son las 6:53 y, por alguna extraña razón, siete minutos parecen insuficientes para comenzar.

Lo lógico, entonces, es esperar hasta las siete.

Pero llegan las 7:04 y como ya se perdió la hora exacta, resulta mucho más organizado comenzar a las 7:30.

Esta búsqueda del momento perfecto es una forma frecuente de procrastinación.

Para estudiar no hace falta que el reloj marque una cifra redonda ni que todas las condiciones sean ideales; muchas veces la mejor estrategia consiste simplemente en comenzar.

“Solo voy a mirar el celular cinco minutos”

Probablemente sea la promesa más peligrosa.

El estudiante entra a responder un mensaje y termina viendo un video que conduce a otro, revisando una historia y descubriendo una conversación que necesita respuesta inmediata.

Cuando finalmente regresa a los apuntes han pasado 35 minutos.

El verdadero problema no es únicamente el tiempo perdido, sino recuperar la concentración necesaria para volver al tema que estaba estudiando.

“Todavía tengo toda la noche”

Esta frase suele pronunciarse cuando el reloj ya comienza a demostrar exactamente lo contrario.

A las diez de la noche parece que quedan muchas horas disponibles, pero el cansancio aumenta y la capacidad de concentración disminuye.

Confiar en que la madrugada resolverá todo lo que no se hizo durante varios días suele terminar en una combinación poco recomendable de café, ansiedad y lecturas realizadas con los ojos abiertos pero con muy poca comprensión.

“Mañana me levanto temprano y termino”

Esta promesa depende de un personaje extraordinariamente confiable: nuestro “yo de mañana”.

Curiosamente, imaginamos que esa versión futura tendrá más disciplina, energía y voluntad que la persona que acaba de decidir irse a dormir.

Algunas veces funciona, pero otras el despertador de las cinco de la mañana termina aplazándose hasta las seis, después hasta las seis y media y finalmente aparece la necesidad de estudiar camino a la universidad.

“Para el próximo parcial sí empiezo con tiempo”

Esta es probablemente la gran promesa universitaria.

Después de sobrevivir a una noche complicada, el estudiante está convencido de haber aprendido la lección y promete que jamás volverá a dejar todo para última hora. El problema aparece semanas después, cuando el siguiente examen todavía parece lejano y el ciclo comienza nuevamente.

Detrás del humor existe una lección importante sobre administración del tiempo.

Muchas veces procrastinamos porque imaginamos una tarea como algo enorme, desagradable o difícil de comenzar.

Una alternativa más efectiva consiste en reducirla a una acción pequeña: leer cinco páginas, resolver tres ejercicios o estudiar durante veinte minutos. Empezar suele ser mucho más difícil que continuar.

También conviene dejar de confiar todas las responsabilidades al estudiante perfecto que supuestamente seremos mañana.

Organizarse no significa estudiar durante horas interminables, sino distribuir el esfuerzo para evitar que una evaluación se convierta en una emergencia.

Al final, casi todos los universitarios han pronunciado alguna de estas frases y probablemente volverán a hacerlo.

Lo importante es aprender a reconocer cuándo una pausa realmente es una pausa y cuándo estamos negociando con nosotros mismos para aplazar lo inevitable.

Porque aquella inocente promesa de “solo cierro los ojos cinco minutos” puede terminar, muy fácilmente, con el despertador sonando a las siete de la mañana y el libro todavía abierto en la misma página.


Foto: IA

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